Lula, el ave fénix de la política brasileña

Lula, el ave fénix de la política brasileña

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El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, la figura más importante de Brasil en los últimos 50 años, se sobrepuso a dramas y derrotas, y en el ocaso de su vida se apresta a tener un papel clave en las elecciones de 2022.

Eso fue posible gracias a la anulación el lunes, por fallas procesales, de los juicios que en 2018 lo llevaron a la cárcel durante un año y medio por acusaciones de corrupción y que le impedían presentarse a cargos electorales.

Un nuevo avatar para esta verdadera ave fénix, que conoció la miseria y la represión de la dictadura militar (1964-1985) y que superó después de sus dos mandatos (2003-2010) un cáncer, la prisión, una segunda viudez y el contagio con coronavirus.

Lustrabotas en su infancia, Lula, de 75 años, dejó la presidencia con más de un 80% de aprobación, antes de convertirse, con la crisis que enfrentó su sucesora Dilma Rousseff (2011-2016), en una de las personas más detestadas del país.

En las elecciones de 2018, el ultraderechista Jair Bolsonaro lo usó de espantajo para ganarse el apoyo de las clases medias y derrotar a Fernando Haddad, el candidato designado por Lula.

Pero durante todos estos años, incluso desde la cárcel de Curitiba (sur) donde permaneció desde abril de 2018 hasta noviembre de 2019, aquel a quien Barack Obama calificaba como “el hombre” mantuvo su influencia en el Partido de los Trabajadores (PT).

Contó además con el apoyo de Rosángela da Silva, apodada ‘Janja’, una socióloga a quien conoció a fines de 2017 y que se convirtió en su pareja.

En esos tiempos bajó de peso, promocionó una vida sana y se mostró con fuerzas para encarar cualquier aventura.

“No he de ser necesariamente candidato a presidente, porque ya lo fui. Pero gozo de una gran salud, y Joe Biden es mayor que yo y gobierna Estados Unidos. En 2022, solo tendré 77 años, un chaval”, declaró Lula en una entrevista publicada el fin de semana pasado por el diario español El País.

La decisión judicial no lo absuelve de las acusaciones de las dos condenas pronunciadas en su contra por el juzgado de Sergio Moro, que lideró desde Curitiba la investigación Lava Jato sobre un esquema de sobornos pagados por constructoras a políticos para obtener contratos en la estatal Petrobras.

Esos casos deberán ahora ser juzgados por un tribunal federal de Brasilia, al igual que otros dos transferidos desde Curitiba. Al menos otras tres denuncias en su contra ya están en manos de la justicia federal.

Lula se declara inocente y se considera víctima de una conspiración para evitar que se presentase a las elecciones de 2018, en las cuales era el favorito, a fin de favorecer a Bolsonaro. Una tesis que ganó fuerza cuando Bolsonaro, apenas electo, designó a Moro ministro de Justicia y después que, en 2019, el portal The Intercept Brasil revelara charlas entre Moro y los fiscales de Curitiba.

“Yo no robé. Quiero pelear con el Ministerio Público. Quiero defender mi honra. No voy a permitir que una banda de jóvenes me llame ladrón”, lanzó antes de ser encarcelado, al referirse a los fiscales y jueces de Lava Jato.

– El sobreviviente –

Lula encadenó tragedias personales, reveses políticos y judiciales desde el fallecimiento de su segunda esposa Marisa Leticia en febrero de 2017. Ya encarcelado, perdió a un hermano y a un nieto de siete años, y asistió a la derrota de Haddad.

Llegó al poder en 2003, después de tres tentativas frustradas y logró la reelección después de haber superado el escándalo del ‘mensalao’, una millonaria contabilidad ilegal montada por el PT, partido que cofundó en 1980, para comprar el apoyo de congresistas.

Séptimo hijo de un matrimonio analfabeto del nordeste, fue abandonado por su padre antes de que la familia emigrara a la industrial Sao Paulo, como millones de coterráneos.

Fue vendedor ambulante y lustrabotas. A los 15 años inició su formación de tornero, perdió un meñique en una máquina y al final de la década de 1970 lideró una histórica huelga que desafió a la dictadura.

Durante su gestión, empujada por el viento a favor de la economía mundial, unos 30 millones de brasileños salieron de la pobreza.

Y coronó su doble mandato consiguiendo la sede del Mundial de fútbol de 2014 y los Juegos de Rio-2016.

Ahora queda por ver si la nostalgia de esos tiempos predomina. Una tarea en la cual podría ayudarlo la situación actual de Brasil, sumido en una de las peores crisis de su historia, con casi 270.000 muertos por coronavirus, un desempleo masivo y un gobierno que desde el primer día de la pandemia negó su gravedad.

bur-js/jm/gma

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